domingo, 9 de agosto de 2015

Rito (v)


Yacíamos sobre la fría piedra, pero el nacimiento de los instintos podía derretir todo material y traer a los templos el incendio de la profundidad de la tierra.
En otros mundos, yo tomaba tu mano y lo llevaba ante los Dioses del Caos, en su ceremonia privada de presentación a los Espíritus del Sendero. Él, que tras largos caminos polvorientos y ensangrentados, con su cuerpo maltratado y mal nutrido, abandonabs los placeres mundanos para iluminar la consciencia con la lámpara del universo. Yo, vigilante de los umbrales, lo traía a la nueva vida. Era mi amado hijo, mi aguerrido padre, mi incansable amante. Me volví para él puente entre tierra sagrada y tierra profana. Mis venas convertidas en ríos, cascadas, afluentes que ojos humanos no han visto; mi piel, de regreso a su estado natural de barro; mis cuerdas vocales ocupadas por las lobas, lanzaban sus quejidos que a la vez eran anhelos lunares, suspiros como vendavales de viento entre los árboles.
Él, ungido por el conocimiento de lo sagrado del sexo, liberaba su alma; ahora él, completo de femeneidad y fiereza, de delicada bestialidad, continúa su camino como excelso ante los dioses que ya conocen su nombre. Él sigue.
Y yo me quedo envuelta en llanto, exhausta de contener a toda la tierra en el vientre. El éxtasis aún perdura cuando, ya en otro lugar, las doncellas se ocupan de aliviar mi cuerpo eléctrico. Allí está ella, veo sus rizos rojos antes que pose unas oscuras hojas sobre mis ojos. El agua fría, el baño de las hierbas de la calma, la nostalgia del poder sentido, el nuevo enlace con un alma deshecho al instante en que nuestros cuerpos se alejaban sobrecogidos. Y vuelvo a mi camino, a ser nuevamente el puente, a esperar en el umbral a quién desee entrar.

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