martes, 15 de septiembre de 2015
A veces-siempre, siento miedo por que no sé quién seré después de esto. He cambiado como nunca pensé que lo haría, pero ¿cómo ser la misma después del dolor? no de la pena, no de una derrota, sino de un dolor que te ha dejado partida en dos, pero ante el cual he decidido no cerrar los ojos. Me he dejado envolver por el llanto y el pánico sórdido y me he quedado en pie, pero deshojada, como un árbol que sale del invierno. No soy la misma, imposible hacer volver la inocencia y la sorpresa.
¿Soy más fuerte? Sí, pero porque me he llenado de desencanto y ahora mi motor es la provocación de la vida.
Supongo que después miraré hacia atrás viendo este tiempo como la auténtica infancia que llego tardía, pues mi niñez nunca fue feliz. Era una niña triste y temerosa, pero estos años fueron mágicos, entre el juego, la espera, la mirada maravillada.
Ya no vuelvo a tener pena ni miedo. Me he aferrado con uñas y dientes a la porquería de juego del destino...no sé por qué, será simplemente por joder, por orgullo, por no permitir que nada me pase por encima.
¿Podrán venir dolores superiores al primero que te rompe la visión completa del mundo? No creo, pues aunque vengan fracasos, muerte de seres queridos, alejamientos, miedos...todo será coherente cono el mundo doloroso que asumo. Ya no habrá sensación de irrealidad como esta vez, sensación de pesadilla. Pesadillas que dormida y en vigilia se acaban. Esta es la realidad, no hay esperanzas por las que luchar por mantener en pie con desesperación, solo el aprendizaje de responder a golpes a la vida que pugna por derribarte. Tengo el arrojo que sólo da el no tener nada, nada que perder.
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